La chola, la ilegal, la negra, la madre, la india, la puta, la niña, la carajita, aquellas que, desde la consciencia colectiva nacional no somos dignas de vivir, aquellas que, “mientras más oscura es su piel, más difícil se les hace sobrevivir, a ellos, a elles, a nosotras, todo ese afroamor, amenashe”. (Pizzarro, 2018).
Ante este 8 de marzo siento la necesidad de resignificar todo lo que, a través de un discurso nacional, nos han hecho creer que somos en contraposición a un mensaje deshumanizante. Somos las negras, las niñas, las indias, las carajitas que buscamos continuar nuestro camino hacia el cimarronaje, hacia la búsqueda de una vida digna, cruzando lo que hoy tienen por imaginario geopolítico como fronteras, y que, particularmente Chile, ha decidido cerrar a nuestros cuerpos, a nuestra historia y memoria.
Los antecedentes de las violencias que se han producido en ciudades como Iquique hacia las mujeres, niñas y niños, no está aislado del deseo Nacional del ser blancuzco, esa pequeña grieta que dejó el colonialismo y que hoy, en vez de desembocar esa herida hacia los poderes facticos, la administración colonial, se desembocan hacia los cuerpos otros, estos que buscan sobrevivir al igual que el lumpen nacional.
Es de gran análisis observar como la desconciencia en este tipo de ciudades tiene complicidad con administración que socava la existencia misma de todo lo que se aleja de su realidad y se acerca a lo que podría ser explotado. Fanon (1961) llama a este proceso cómplice “el impulso de la nación”, donde el lumpen antecede incluso ante su propia existencia y aspira al deseo de “triunfar dentro del marco del sistema colonial”, traspasando y eliminando todo cuerpo que se le considere como enemigo invasor. Este cuerpo otro “invasor” dentro del proyecto colonial chileno, son las existencias que han estado oprimidas bajo las estructuras de dominación heteropatriarcal, capitalista y racial.
Es necesario hacer una reflexión urgente y descolonial de la tarea que cumple la política migratoria y los medios de comunicación, aquellos que condenan y vulneran las historias, memorias y Derechos Humanos de las mujeres migrantes y afrodiapóricas, un asunto que no es nuevo en Chile, que se recobra cada cierto tiempo con el ánimo de mantener la homogeneidad y la conciencia nacional. Las abatidas de los últimos 6 meses hacia las mujeres y niñas/os migrantes quemando sus pertenencias y dejándoles sin lugares para “vivir”, son unas de las formas de blanqueamiento social y que demuestra la existencia de la supremacía blanca-mestiza que habita en Chile, más allá de los grupos nacionalistas ya conocidos, es decir, hablamos del vecino, la vecina o el señor de la micro. Estas acciones motivadas en gran parte, a partir de la criminalización de la migración en los medios de comunicación, ponen en peligro la sobrevivencia de las mujeres y niñas, dando paso a violencias sexuales y tráfico de personas, porque si bien, no se quiere la migración, hay algo que particularmente el patriarcado desea, los cuerpos de las mujeres migrantes.
Es aquí donde recobra la construcción colonial, a partir de una política migratoria racista y deshumanizante que subyace el nacimiento del Estado Nación y que atraviesa estructuras de género y clase, reproduciendo la misma violencia histórica patriarcal a través de políticas para que nuestro cuerpo sea vendido y explotado sexual y laboralmente. Basta recordar los proyectos que fueron legalizados como el mestizaje y esclavitud, proyectos a los que fueron sometidas las mujeres afrodescendientes, africanas e indígenas esclavizadas, y que hoy a partir de políticas modernistas continúan trascribiendo crímenes a nuestro territorio/cuerpo/memoria, bien sea ignorando la presencia histórica como el caso del pueblo tribal afrochileno, el etnocidio estadístico como en Colombia, o, a través de una política migratoria que densifica la entrada al país a las mujeres más empobrecidas de los países del sur.
Hacia un 8 de marzo, digo que vale la pena resignificar y abrazar lo negra, lo india, lo migrante, porque la memoria de las mujeres que migramos está anclada a nuestros territorios, los cimarronajes transfronterizos y las resistencias mismas, nuestras costumbres y nuestra ancestralidad y, al mismo tiempo, esta memoria está herida por la desconsciencia y proyecto colonial. Las discusiones que apuntan hacia el 8M, la agenda de género y feminista hoy, la convención y la plurinacionalidad, deben apuntar a descolonizar prácticas y políticas que condenan no solo nuestra forma de vida, sino que, imposibilitan la existencia de mujeres y niñas que migramos con intenciones de sostener y conservar la vida. Chile necesita sanar la herida colonial, el lumpen necesita descentralizarse de la administración colonial, y hacerles frente a los poderes facticos, el movimiento feminista necesita descolonizar su pensamiento y prácticas, para que, comprendan que, el marchar o transitar la calle para las mujeres migrantes muchas veces es una invitación a ser deportada, insultada y sexualizada.
Por y para los cuerpos que sostenemos la vida más allá de un 8M, una marcha, o una huelga. Ashé!