Para nadie es secreto que el proceso migratorio es complejo y nunca termina. Es un desafío que en “condiciones normales” (estudiado, planificado y ejecutado de manera voluntaria) tiene sus altos y bajos. Pero, cuando esta decisión de emprender una nueva vida fuera del país de origen es forzada por persecución, crisis políticas, sociales o humanitarias el desafío puede llegar a ser una pesadilla.
La migración es particularmente difícil para las mujeres y niñas, no precisamente por tener menos capacidades de afrontar el proceso, sino, por el listado de estigmas impuestos por la sociedad al mal llamado “sexo débil”, especialmente en nuestra región.
En el mundo 49% de las personas migrantes somos mujeres y niñas según información oficial de ONU Mujeres, cuando hace apenas 50 años solo representábamos el 2%. En América Latina y el Caribe se estima que ese porcentaje asciende a 50,9%. Las razones que obligan a las mujeres a migrar son similares a las del resto de la población migrante, pero además debemos incluir situaciones como violencia familiar o cultural y reunificación familiar.
Las mujeres migrantes debemos enfrentar no solo las mismas disparidades y desafíos que las mujeres chilenas, sino además brechas aún más grandes por el hecho de no haber nacido en este país. Devengamos salarios más bajos, tenemos menos acceso a servicios y nos enfrentamos a discriminación y xenofobia. Si además nos encontramos en tramos socioeconómicos bajos, somos negras, indígenas o pertenecemos a colectivos como el LGTBQ+ nuestra situación es mucho peor.
De todo lo anterior nace la importancia de la participación de mujeres migrantes en todos los espacios de la sociedad en la que hemos decidido hacer vida. Está demostrado que la participación activa de mujeres en todas las áreas: económicas, sociales, culturales y políticas tiene un impacto positivo en la elaboración de planes y políticas. Si a esto le agregamos el enfoque de mujeres migrantes que, más que ser víctimas, somos ejemplo de resiliencia, tendría la fórmula perfecta para la creación de políticas públicas no solo con enfoque en derechos humanos, sino además en género y con una verdadera inclusión.
En Chile he visto con mucha satisfacción el empoderamiento de mujeres migrantes que hemos logrado llegar a espacios políticos, académicos, económicos, sociales y culturales en los que hace apenas un par de años era impensable ver a una mujer migrante. Pero también somos parte fundamental en el desarrollo del Chile de a diario, en nuestros hogares, en la educación de nuestros/as hijos e hijas, en el crecimiento de nuestro entorno más cercano, derribando estigmas, poniéndole una cara amiga a un fenómeno mal entendido y apoyándonos unas a otras. Las mujeres hemos sido capaces de crear redes fuertes, pero todavía nos queda mucho mejorar.
Quiero dedicarle estas líneas a todas esas venezolanas que hemos dejado atrás lo único que conocíamos y nos hemos convertido en misioneras, caminantes, embajadoras, en diáspora. Compartiendo nuestras experiencias, esperando que sirvan a las que vienen detrás para no cometer los mismos errores, esas desconocidas que en algún momento y por las circunstancias nos hemos convertido en las amigas, en la familia. Las que estamos para cuando nos enfermamos, nos quedamos sin empleo, necesitamos que nos cuiden a nuestros/as hijos e hijas y pare usted de contar.
Este 8 de marzo, cuando celebramos el Día Internacional de La Mujer quiero felicitar a esas magníficas mujeres y niñas que a pesar de los escollos que se nos presentan a diario seguimos fuertes y fieles a nuestras convicciones. Mujeres como Rosario Rojas, María Angélica Miranda, Benigna Zambrano, Francia Campos, Pamela Celedón, Carla Aros, Geraldine Pérez, en Chile, Betilde Muñoz, Luisana Pérez, Déborah Rojas, Mary Molina, Pilín León y tantas más en toda América quienes nos vimos forzadas a convertirnos en migrantesy estamos dedicadas a generar espacios de participación, integración e inclusión. A ustedes va mi reconocimiento y mi admiración.