A pesar de representar la mitad de la población, las mujeres son muchas veces consideradas como un grupo minoritario por no compartir el mismo poder, derechos y oportunidades con los hombres en la sociedad. Esto no quiere decir que las mujeres no pueden tener privilegios o que los hombres no sufren en la vida, pero en una sociedad machista y sexista, los hombres sí nacen con una posición privilegiada.
Por lo tanto, las mujeres que realmente pertenecen a grupos minoritarios son doblemente afectadas por estas desigualdades de poder. Las mujeres migran tanto como los hombres y en Chile representan un 48,4% de la población extranjera según las últimas estimaciones del INE y el DEM, sin embargo, muchas veces por su condición de migrante, ellas viven situaciones de vulnerabilidad que pueden ser el doble, triple o hasta cuatro veces más de las que podrían sufrir los hombres.
Aquí es importante destacar que hablar de “mujeres migrantes” es algo engañoso, y yo como mujer migrante europea y bastante privilegiada en una sociedad racista y clasista, de ninguna manera quiero ser la voz de “las mujeres migrantes”. Las situaciones en que decidimos migrar las mujeres y las redes que tenemos en Chile son muy diversas, y la sociedad chilena también nos recibe de maneras distintas por la diferencia social establecida entre las “extranjeras” y “migrantes”, es decir, las migrantes blancas y mestizas, afrodescencientes e indígenas. Estos factores moldean nuestras diversas experiencias migratorias y definen nuestras posibilidades para ejercer nuestros derechos.
Algunas migrantes pueden encontrar condiciones que mejoran su autonomía económica y física, mientras otras se encuentran en condiciones que profundizan la discriminación y distintas formas de violencia que sufren las mujeres.
Las políticas migratorias en Chile que no se han hecho cargo de la migración de una manera integral, criminalizando la irregularidad y la migración, afectan a toda la comunidad migrante. Debido a las largas esperas que implican los procesos de regularización y la poca claridad que tienen estos procesos, la mayoría de los y las migrantes hemos pasado por situaciones de irregularidad. Sin embargo, muchas personas no pueden salir de esta situación, que pone en peligro especialmente a las mujeres.
Mientras más largo es el recorrido hacia Chile y mayor la irregularidad migratoria de las mujeres, más aumenta el riesgo a que sufran violencia sexual. Si una mujer entró a Chile por tráfico de personas y sufrió violencia sexual, actualmente no es seguro que exista una condena por una denuncia de esa mujer, solo por el delito que significa migrar de manera irregular.
Al otro lado, la actual “visa dependiente” que permite a muchas mujeres entrar a Chile con su familia, solo habilita su residencia en el país. Según la información de la Extranjería, esta visa “por ningún motivo lo autoriza a realizar actividades remuneradas”, lo cual vulnera los derechos de muchas migrantes. Con esta visa, las mujeres que migran con su familia no pueden trabajar, y en casos de violencia intrafamiliar, las mujeres no pueden denunciar a su pareja por el riesgo de perder su residencia. Esta visa también deja en una situación vulnerable a sus hijos e hijas.
Estas vulneraciones de derechos son muchas veces invisibilizadas en la sociedad, y urge generar conciencia para poder intervenir en las multiples situaciones de vulnerabilidad que viven muchas mujeres migrantes. Son muchas que viven y trabajan en situaciones precarias y no podrán marchar este 8 de marzo, y por eso, las que sí podemos, neceistamos salir a marchar y a luchar para que los derechos de todas nosotras sean garantizados.