Casa Columnas El 18 y la Parrilla Sudamericana de Yungay

El 18 y la Parrilla Sudamericana de Yungay

El 18 y la Parrilla Sudamericana de Yungay

Más allá de la historia oficial y los ritos de Estado -la solemnidad del Te Deum, el tedio de la Parada Militar-, Septiembre trae consigo una noble muestra de transversalidad: la parrilla. Ya sea en el patio, en el quincho del edificio o en el parque más cercano, todos se entregan a la ceremonia de hacer fuego, cocer la carne (disculpen, amigos veganos), preparar la ensalada y convocarse en torno al fuego, probable atavismo antropológico de buscar calor y refugio.

Pero si me preguntan, yo me quedo con la parrilla instalada en la vereda del barrio. Porque es un acto de soberanía vecinal, porque indefectiblemente se hace comunidad, porque suele ser la pausa de la clase trabajadora antes de llegar, medio averiados por el esfuerzo y la rutina, a fin de año.

Por ejemplo en Yungay, el Bello Barrio, una sabrosa humareda se instaló el 18 de Septiembre: hasta tres asados por cuadra. Y alrededor de la parrilla, la conversación serena, la alegría de un buen vino compartido, la envidiable despreocupación de los niños. Y todo iluminado por un sol que parecía volver de muy lejos, en el momento indicado, luego de un despiadado invierno.

Lo más bonito de Yungay, el Bello Barrio, es que los inmigrantes se sumaron al popular rito de la parrilla callejera. Muchos, por no decir prácticamente todos, eran peruanos. Y la liturgia era la misma, salvo la cumbia andina o la salsa brava -¡Chimpún Callao!- que, retumbando, se amplificaba desde sus puertas y ventanas.

¿Es realmente el Dieciocho las Fiestas Patrias de Chile? Si me permiten el entusiasmo, quisiera soñar que en un futuro próximo serán las fiestas de la morenitud del Sur. La parrilla, enhorabuena, ya no está reconociendo fronteras.

Al menos en Yungay, mi Bello Barrio.