No hace muchos días, fue noticia un particular reparto de comida en una población de España, y no por el acto en sí -ya que con el escenario económico actual estas ayudas se han convertido en pan de cada día- sino más bien, por la peculiaridad de las condiciones exigidas para tal beneficio.
Resulta que la ONG “Hogar social patriota María Luisa Navarro”, vinculada al grupo de extrema derecha “España 2000”, decidió organizar en Orriols (Valencia) una entrega de cerca de 1000 kilos de comida entre sus pobladores. El requisito para acceder a una bolsa de alimentos consistía en presentar un DNI español, de esta forma se dejaba fuera intencionadamente al 30% de la población de esta ciudad que es inmigrante, y que al igual que el resto de habitantes se convertían en sujetos de esta ayuda debido a sus condiciones económicas.
El presidente de “España 2000” José Luis Roberto fue interpelado por algunos medios por dicha medida, a lo que se defendió, asegurando que en el país existe la sensación general de que se ayuda más a los de “afuera” que a los de casa, por lo cual dirigir este beneficio sólo a los nacionales no tendría nada de malo.
Si bien es cierto, este tipo de acciones no son la última novedad en “ayudas sociales”, puesto que ya hemos sido testigos en Grecia, Francia, Hungría (entre otros), de cómo ciertas asociaciones, respaldadas evidentemente por grupos políticos de extrema derecha, organizan entregas de alimentos exclusivamente para sus nacionales, apelando al conocido y manoseado refrán “La caridad empieza por casa”, de esta forma emprenden una especie de cruzada con el fin de convencer a aquellos más necesitados que el hecho de nacer en un territorio les diferencia del resto. Con esta creencia inserta en la población, su discurso xenófobo se expande, se cuela, y cobra el sentido que puede tener sólo en el sistema injusto que ellos buscan instalar, en donde el inmigrante es el blanco de la diana.
Lamentable es el poco y nada cuestionamiento que ha tenido esta acción, las personas beneficiarias en su mayoría encontraban que la medida era correcta, casi nadie se atrevió a cuestionar la mano que en esos momentos les daba algo de comer. Lo mismo pasaba con los múltiples comentarios vertidos en los foros de noticias, en donde el anonimato permitió a muchos cebarse aún más con aquellos que nuevamente sin serlo, son los culpables de todos los males.
Eché en falta voces que defendiesen la humanidad ante todo, nadie merece ser marginado por su nacionalidad, menos cuando se habla de bienes de primera necesidad. Lo real es que ésta noticia pasó sin pena ni gloria, comentándose menos que el beso maorí de los príncipes en Nueva Zelanda. Sí aceptamos que esto suceda sin más, como si fuese lo natural, aceptamos también convertirnos en parte de ese engranaje que prolifera cada día por Europa y que sin ningún fundamento ni evidencias culpa siempre al desconocido, al débil, al inmigrante.