Este jueves 5 de septiembre marcharon cerca de 50.000 estudiantes, recordándonos a todos y especialmente a los cientos de candidatos que hoy pululan por nuestras calles, que sus demandas están absolutamente vigentes, que la indignación, por cierto justificada, permanece tremendamente enquistada en sus conciencias y ahí va estar, porque ya no bastan las promesas ni las medidas a medias, por lo tanto, no habrá ‘periodo de gracia’ para quienes resulten electos.
Sin embargo, hay algunos individuos (utilizo este término a propósito) que viven en absoluto anonimato, silencio y falta de representación. Ellos son jóvenes, adolescentes y niños, sin rostro, quienes no gritan, no tiran piedras, no elevan pancartas, ni mucho menos. Ellos, a quienes en este mismo momento sus derechos básicos están siendo violados y silenciados, no marcharon el jueves.
Los miles de adolescentes privados de libertad en los centros de reclusión de menores y/o en centros de rehabilitación de drogas, no marcharon. Ellos reciben pésima educación escolar, prácticamente nula capacitación laboral y para que hablar de la atención a sus necesidades de salud mental y física. Con esto las posibilidades de rehabilitación e inserción a la sociedad son escasas, no por culpa de quienes con sueldos indignos y muchas veces de modo voluntario regalan la vida por atender a estos niños, sino por la falta de políticas públicas serias y recursos que vayan directamente en atención a esta necesidad.
Tampoco marcharon ayer los miles y miles de menores que viven en la calle, que son explotados laboral y sexualmente, y los muchos que probablemente en este momento se están drogando o delinquiendo. Ellos son mirados con antipatía y desprecio por la sociedad y solo son mencionados cuando hay que juzgarlos o endurecer las penas que castigan sus errores, todo para proteger a las “victimas”, pero ¿Quién los protege a ellos? No cantan ni marchan, o tal vez si lo hagan, de otro modo, y toda la rebeldía que expresan no sea más que un grito silencioso a todos nosotros.
Ellos son los excluidos de nuestro país, los vulnerables, las verdaderas víctimas. Portan la ‘lepra’ de nuestra época: mientras más llagas dejan ver y más gimen de dolor, más aún nos protegemos de ellos y ya no son el desierto y las cuevas donde los aislamos, sino sectores y barrios de nuestra misma patria.
Estoy seguro que la invisibilidad aparente de sus necesidades, el hecho de que no voten, no opinen, ni marchen, hace muy poco atractivo para los candidatos elaborar propuestas al respecto, por esto, es sumamente urgente que seamos nosotros quienes exijamos con fuerza el respeto de sus derechos. Si como sociedad no nos hacemos cargo de este problema de todos, seguirá siendo la cárcel y la calle, las únicas universidades a la que podrán llegar estos estudiantes.